El almacenamiento energético (BESS) se ha convertido en una de las tecnologías más mencionadas en el sector industrial y comercial. En un entorno de tarifas volátiles, presión por continuidad operativa y objetivos ESG cada vez más exigentes, no es raro que el BESS aparezca como una solución atractiva.
El problema no es el interés.
El problema es cómo se están tomando las decisiones.
En muchos casos, los proyectos se evalúan con mensajes simplificados: resiliencia, independencia energética, ahorro inmediato. Pero cuando llega la operación real, aparecen las preguntas difíciles:
¿de dónde viene el ahorro?, ¿qué está realmente garantizado?, ¿qué pasa si la operación cambia?
Ahí es donde se define si el BESS fue una buena decisión… o una fuente de fricción.
El error más común: evaluar tecnología sin evaluar contexto
Un BESS no crea valor por sí mismo. El valor depende del contexto del sitio:
La tarifa eléctrica y cómo se estructura la factura
La demanda máxima y su comportamiento horario
El costo real de una interrupción
Las restricciones operativas del proceso productivo
Sin esta base, cualquier cálculo de ahorro es frágil. No importa qué tan sofisticada sea la tecnología si no está anclada a la realidad del sitio donde va a operar.
Dimensionar no es solo “poner baterías”
Uno de los errores más frecuentes en proyectos BESS es confundir capacidad con potencia, o peor aún, no justificar ninguna de las dos.
Un proyecto serio debe poder explicar con claridad:
Por qué necesita cierta potencia (kW)
Para qué requiere determinada energía (kWh)
En qué ventanas va a operar
Qué cargas respalda… y cuáles no
Cuando estas respuestas no existen, el sistema suele terminar subutilizado o entregando menos valor del esperado.
Sin supuestos claros, no hay bancabilidad
En el papel, muchos proyectos se ven atractivos. En la práctica, solo son defendibles aquellos que hacen explícitos sus supuestos financieros.
Un proyecto BESS bien evaluado deja claro:
De qué componente de la factura proviene el ahorro
Qué tarifa se está asumiendo y con qué fuente
Qué escenario es base y cuál es conservador o de estrés
Qué pasa si la operación cambia
Si los supuestos no se pueden auditar, el ROI tampoco se puede defender frente a finanzas o dirección.
Medición y verificación: donde se separa la promesa del desempeño
La diferencia entre una promesa comercial y un proyecto sólido es la medición y verificación (M&V).
Un esquema de M&V serio define antes de firmar:
Un baseline acordado y cómo se normaliza
KPIs claros y medibles
Metodología y frecuencia de medición
Reglas de ajuste o compensación si el desempeño no se cumple
Sin esto, cualquier discusión futura se vuelve subjetiva.
Riesgos y expectativas: la conversación que nadie quiere, pero todos necesitan
Finalmente, todo proyecto BESS debería responder sin rodeos:
¿Qué está garantizado y qué no?
¿Qué riesgos asume el proveedor?
¿Qué riesgos permanecen en el cliente?
La claridad en este punto no frena proyectos; evita conflictos posteriores.
En conclusión
En almacenamiento energético, la velocidad sin criterio es costosa.
La ventaja competitiva no está en prometer más rápido, sino en diseñar soluciones que resistan preguntas difíciles en operación.
Los proyectos BESS que crean valor sostenible no son los que suenan mejor en la presentación inicial, sino los que pueden sostener sus supuestos, métricas y responsabilidades a lo largo del tiempo.